29 septiembre 2006

Dos sonetos

Ayer saqué un libro de sonetos de Góngora de la biblioteca -por consejo indirecto de Gabriel Albiac-. Los sonetos, no sé por qué, gustan al lector -al lector, entiéndase, que le gusten los sonetos-, y gustan al que los escribe. Cuando uno culmina un soneto se siente satisfecho. Quizá sea la necesidad de tener que seguir unos parámetros estipulados y el ver que se es capaz de hacerlo, con myor o menor suerte. El tema del soneto es el que corresponde a los tiempos:

Siniestro en la cabeza ya hace plaga:
si del pasado la architormentosa
memoria de la izquierda poderosa
el virus del olvido ya la estraga;

si sólo la sospecha, noción vaga,
nos queda en el recuerdo -poca cosa-
de aquella corrupción tan espantosa,
de aquella enorme culpa que aún se paga.

Sea porque quedaron olvidados
a repetir errores está España,
a oir embustes nosotros condenados.

Pues es el español criatura extraña
que más que la virtud gusta pecados,
y más que la verdad cualquier patraña.


Y como no quería dejaros sólo con mi soneto deslucido, aquí uno de Góngora, no mucho más alegre:


A LA MEMORIA DE LA MUERTE Y DEL INFIERNO

Urnas plebeyas, túmulos reales
Penetrad sin temor, memorias mías,
Por donde ya el verdugo de los días
Con igual pie dio pasos desiguales.


Revolved tantas señas de mortales,
Desnudos huesos y cenizas frías,
A pesar de las vanas, si no pías,
Caras preservaciones orientales.

Bajad luego al abismo, en cuyos senos
Blasfeman almas, y en su prisión fuerte
Hierros se escuchan siempre, y llanto eterno,

Si queréis, oh memorias, por lo menos
Con la muerte libraros de la muerte,
Y el infierno vencer con el infierno.

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