15 diciembre 2006

El silencio

¡El silencio! Tantas cosas nos decíamos en el silencio. Tantos sentimientos compartidos, tantas ilusiones, tantos deseos... Nosotros sí que sabíamos apreciar el silencio. Son en estos momentos cuando entiendo los problemas conyugales que se derivan del silencio. El marido, cansado de trabajar, llega a su casa, deseando disfrutar del merecido descanso, donde le esperan su amantísima mujer y sus queridos hijos. La esposa, también cansada de trabajar (nunca me he opuesto a que la mujer trabaje), llega a casa (o ya estaba allí) deseando contarle al marido todas las peripecias que ha vivido en ese día tan tremendo. Sean cuales sean. Margaret Thatcher le contaría a su esposo que le ha declardo la guerra a Argentina por culpa de las Malvinas. Maruja Gómez Téllez le contará al suyo que la vecina del quinto a puesto a secar los calzoncillos chorreantes de su marido sobre la ropa que ella había tendido antes y que no ha habido manera de que se secara... Cada una cuenta lo que puede pero todas tienen que contar, que hablar, que romper ese silencio tan necesario para el hombre. El hombre se resiste. Los niños gritan. La mujer grita a los niños. El hombre se recluye en sí mismo. El niño rompe un plato. La esposa rompe otro plato en la cabeza del niño mientras le cuenta a su marido lo mermada que está la vajilla. El hombre se resiste aún más y, como resultado final de toda esa resistencia, de toda esa lucha por huir de los problemas laborales, por atender a su mujer, por no tirar el niño por la ventana... crea su propio silencio.

Así, como lo oyen. El hombre, en el único espacio de libertad que goza cuando se casa (salvo que lo haga con una psicóloga descarada), en su propia cabeza, crea el silencio. Y la mujer le habla y él, con cara de bobo, responde "sí, querida". Y ella le cuenta que el fin de semana que viene dan una fiesta los Fernández por el cumpleaños de la esposa, Cloti (que no es una gallina) y él le responde: "sí, querida". Y ella le dice que a ver si se pasa a comprar un par de botellas de vino, pero no del corriente que toman todos los días, sino uno de cuatro o cinco euros, de esos que se llaman "reversas" o algo así, y él le responde: "sí, querida". Y así día tras día, año tras año, y llega la fiesta de los Fernández y Cloti (que no es una gallina) se queda sin su vino. Y llega la Navidad y doña Maruja se queda sin Cloti (que ahora es un pavo, hembra claro). Y luego surjen los problemas conyugales.

-¡Que no me escuchas cuando hablo! -Dice ella.
-¡Que no paras de hablar! -Dice él
-¡Que esto no hay quien lo soporte! -Dice ella.
-¡Lo que no hay es quien te soporte a ti! -Dice él.
-¡Sí!¿Pues a ver qué harías tú sin mí! -Dice ella.
-¡Qué pasa, que me estás amenazando! -Dice él.
-Yo no te amenazo, sólo digo lo que digo, y lo que digo es que no me escuchas, y así no hay quién viva, que no haces nada, que no puedo contar contigo para nada, que sólo piensas en ti y lo demás te importa un comino. Porque si al menos te importara un rábano, que esos sí que te gustan y bien que te los comes cuando te los pongo. Pero ni siquiera me lo agradeces: llegas aquí, te sientas y quieres que todos te sirvan como si fueras un rey y no te das cuenta que yo también estoy cansada de trabajar...

Pero él ya hace un rato que se ha encerrado en su mutismo y corta el relato de su mujer, sin darse cuenta, como un mecanismo automático que se estropea y salta cuando menos te lo esperas:
- Sí, querida.
La esposa, como confirmada en todos sus pesares, rompe a llorar.
-¡Lo ves como no me escuchas!
El marido, al darse cuenta de su error, se acerca a ella con palabras cariñosas, de consuelo.
- Perdona Marujita, no lo volveré hacer. Lo siento de verdad. Lo siento tan de verdad que lo siento hasta en el silencio de mi cabeza.
Pero ya es muy tarde y Maruja, o cariñosamente Marujita, le rompe otro plato en la cabeza al marido y se va a llamar por el teléfono de su habitacióna su madre o a una amiga para que le escuchen.
Ahora sí que hay que comprar una vajilla nueva.
Y como si de una voz de ultratumba se tratara le parece a él que escucha a su suegra, que está hablando por el teléfono del dormitorio con su esposa:
- ¡Si ya te dije que ese hombre no te iba a traer nada más que disgustos! Si me hubieras hecho caso ya estarías con Manolo, que mira lo bien que le va a él en el concesionario que ha montado, y que es miembro del club de golf...
Se había producido la catástrofre. Su suegra había conseguido invadir el sacrosanto santuario de su silencio, como si de un fantasma se tratara (aunque él nunca dudó de que no lo fuera). Y lo que es peor, ¡¡¡Manolo también!!!
Y rompió a llorar porque los hombres, cuando atacas lo que más quieren, cundo se ven privados de su tesoro más preciado, también lloran. Y la esposa, que en realidad no estaba hablando con su madre porque comunicaba el teléfono oyó detrás de la puerta del dormitorio los sollozos de su marido. Y compadecida con ese corazón tierno que sólo tienen las madres y algunos pollos capones salió del dormitorio y se quedó mirándole a él. Él levantó la cabeza y se quedó mirándole a ella.
-¡Marujita! -dijo él.
-¡Manolo! -dijo ella. Entonces se dio cuenta de su error, pero ya era demasiado tarde para rectificar. Optaron por divorciarse, como una familia moderna. Pero también pueden llegar a salir las cosas bien si en vez de decir ella Manolo hubiera dicho Ramón, que es como se llamaba su marido. Ni siquiera eso, conque hubiera dicho "¡Carajo!" estoy seguro de que se hubieran reconciliado.

3 comentarios:

Nüx dijo...

Jajajaja!! Tenías razón, mucho más ligero jeje! Qué bueno! Y lo has escrito tú?¿? Muestras perfectamente dónde radica la esencia del matrimonio. Aunque yo de esto no puedo decir mucho, que de matrimonio no sé nada...

Si tuviera que calificar tu estilo lo denominaría... mmm... pseudonaturalismo, no crees?¿ :P

Un placer leerte (ya estoy suponiendo que es tuyo...), seguiré haciéndolo! Saludoss!!

Rictus Morte dijo...

Gracias Nüx, me alegro de que te guste. Como ves tengo posts para todos los gustos y colores, sólo hay que saber encontrarlos. Es lo que le digo yo a las chicas: ¡busca en los pantalones! Pero no creas que suelen hacerme mucho caso...

¿Pseudonaturalismo? No creo que sea ése mi estilo, más que nada porque no sé qué significa...

Los temas sobre los que escribo son accesorios, lo importante es el humor en sí, como en el post anterior. Lo que más influye en el estilo de uno, que para nada es propio, es todo lo que se ha leído. Y en mi caso la literatura de humor es en lo que más me he centrado, sobre todos el dios Wodehouse, al que a veces he intentado imitar de la manera más burda, llegando hasta la copia.

y no sólo la literatura, también el cine -que sé que eso te interesa más-. Alguna vez he pensado hacer un post escribiendo las películas de humor que más me gustan, y dejarlo abierto para que la gente lo vaya enriqueciendo con sus aportaciones hasta tener una buena lista de películas de humor.

Yo tampoco sé mucho del matrimonio, así que si he acertado ahora que no sé lo que es me da miedo lo que pueda pasar si alguna vez llego a casarme.

Y sí, sí que son míos, si no lo diría... Hay que andarse con el ojo cerrado, que te la clavan enseguida. Un saludo

Jesús dijo...

¡Qué cachondo te ha quedado!
No está nada mal...