29 octubre 2007

Polvo, pelusas y acarillos


Como sabréis -o podréis imaginar- vivo en una casa no muy grande, más bien pequeña, y tengo que confesarlo no sin cierto pudor: las tareas del hogar me desbordan. Creo que la plancha la manejo bastante bien, y la comida también -alguien me ha recomendado abrir un restaurante- pero la limpieza, qué decir, me da prurito. Y no es que no sea yo limpio y aseado, que lo soy, es que la casa es una cochinota que no hace más que ensuciarse, como si fuera un niño pequeño que, no más arregladito, sale al patio a revolcarse.

He llegado a un pacto con la suciedad: yo no la molesto a ella si ella no me molesta a mí. Así que esta se expande en aquellos rincones de la casa que yo no utilizo. ¡Hay que ser generosos con el prójimo! Si hay un trozo de pared en el que no me restriego, ¡qué más me da que esté renegrido y con telarañas!

Eso sí, tampoco es que me quite el sueño, ya sabéis, si no puedes con tu enemigo, únete a él. Yo empiezo a limpiar por el baño, luego la cocina, el salón... En este momento he de retornar al baño porque ya se ha vuelto a ensuciar, así que el cuarto de invitados lo dejo que lo limpien los invitados, que para eso son ellos los que lo disfrutan. Pero mi cuarto, ¡ay, mi cuarto! Las pelusas se reproducen debajo de la cama. Los ácaros engordan, dejan de ser microscópicos y se corre el riesgo de dormir abrazado a uno de ellos pensando que es un peluche.

Pero he aprendido a convivir con las pelusas, en realidad son los únicos seres -o colonias de seres- que me hacen verdadera compañía. Hablamos por las noches -ella lo saben todo de mí-, les doy de comer -sobre todo pelos de la cabeza-. Las cuido, levanto con frecuencia los faldones de la cama para que se aireen un poco. Las agrupo con pequeños soplidos, para que se den calor unas a otras y no anden desperdigadas. En fin, algún día tendré que traicionarlas y limpiar a fondo el cuarto, pero hasta que ese día ocurra mejor que ellas no sospechen nada. ¿Quién sabe lo que serían capaces de hacerme?

Entre tanto juego con ellas al escondite. En fin, que no se puede decir que se me den mal las tareas domésticas mientras siga domesticando así de bien a las pelusillas. Por otra parte seguro que le he quitado a más de uno las ganas de venir a visitarme a casa -aunque sospecho que no muchos tenían esas ganas, que son tremendamente dolorosas-.

1 comentario:

Omar Cruz dijo...

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