27 mayo 2009

Un premio con buen gusto


He recibido un premio de Gilbert-aunque lo cierto es que he recibido suyos tres premios seguidos-, y como no puedo enredar mucho simplemente aprovecho un poema que escribí hace tiempo, y que viene que ni pintado, para recogerlo con cierta dignidad. Y como es la hora de comer, ¡que aproveche!





¿Quién libremente el cadáver tortura?
¿Quién lo retuerce, lo rompe, lo raja,
lo quema, lo quiebra, lo resquebraja
y cuece la carne y el hueso tritura,


y luego aquel corte con puntos sutura?
¿Quién cruje la tibia, el diente desgaja,
el cuerpo vacía y luego amortaja
y raspa la piel y el pelo rasura?


¿Quién, en fin, puede abrasar los despojos
con tal libertad, sin pena o castigo,
y hacerlo ante los apremiantes ojos


del juez, y recibir de tal testigo
no condena, sino elogio rastrero?
¿Quién puede hacerlo sino el cocinero?

Encuesta

Hola a todos: chicos, chicas, seres incorporales, de ficción y extraterrestres.

La observación de la naturaleza es uno de los pocos placeres a los que se puede dedicar un opositor. Así, a través de mi ventana puedo ver como crece el musgo en la pared del edificio de en frente, a escasos 5 metros. Como comprenderéis uno se cansa pronto de observar la naturaleza y vuelve a los libros (está todo calculado).

Pero alguna reflexión sí que se me escapa. Flexiono una vez las rodillas para volverlas a flexionar, y ya me encuentro reflexionando. A este respecto el amor es lo primero que a uno le viene a la mente cuando reflexiona las rodillas. Siempre el amor (hay una relación extraña entre el amor y las articulaciones que os invito que descubráis, podréis ganar un premio Nobel). Y pienso cómo se manifiesta en las distintas etapas de la vida.

A edad temprana los niños tratan de llamar la atención de las niñas tirándoles del pelo o arrojándoles globos de agua. En esto yo era un lince. Recuerdo cómo a los 11 años iba persiguiendo a mi presa y desde unos 6 ó 7 metros de distancia le estampé el globo en toda la cara. He de advertir que este método no da los resultados pretendidos porque la chica, si me recuerda, lo hará con odio. Pero es importante que te recuerden, eso significa que, por lo menos, eres un pensamiento. Fue un punto cúlmen en mi relación con las mujeres.

En una etapa un poco posterior los niños tratan de impresionar a las niñas presumiendo de esas cualidades que les adornan y que ellos consideran que dejaran patidifusas a los ejemplares del otro sexo. ¡Y qué razón tienen! En cambio, los adolescentes, una vez superan la fase de la vergüenza en la que su color habitual es el rojo, intentan conquistar a las féminas haciendo como que pasan de ellas, como si no les importaran. Es la técnica del pasota.

Los jóvenes y los adultos verían reducidas sus posibilidades a piropos y otros halagos (y a la cuenta corriente) si no fuera porque las mujeres se los tragan de verdad. Es algo así como lo que sucede con las mentiras del PSOE. Tengo que practicarlo algún día.

Y ya las personas de más edad, que no están para perder el tiempo y que han cabalgado sobre las olas de la vida mostrando su manejo del timón, las velas y otros aparejos náuticos, manifiestan a las claras sus preferencias con una lista de puntos básicos que el otro debe poseer o aceptar: "Lo siento pero no hay nada que hacer, no cumples mi tercer requisito". Aunque, entre nosotros, suelen ser poco exigentes en sus requisitos. Me han dicho que la mayoría admite la dentadura postiza.

He de decir, no sin cierto sonrojo, que me hallo en la fase más primitiva de todas, la de los globos de agua. Vamos, que si me dejaran me pasaría el día lanzando globos de aguas a las chicas que me gustan (y parecería una epidemia, porque son tantas...). Como esto no es muy serio quiero pasar a ésa segunda fase en la que los chicos tratan de impresionar promoviendo esas cualidades que resultarían más apreciadas entre el género opuesto. ¡Todo sea por evolucionar! Algo así como vender la mercancía mediante anuncios publicitarios y carteles. Lo que no sé es cuáles de las buenas cualidades que me adornan me servirían para conseguir este objetivo. ¿Me ayudáis a elegir?:

1. Mi consabida capacidad de trepar a los árboles (siempre temeré el momento en el que algien me obligue a exhibirla de verdad).

2. Mi frente amplia y despejada, cada vez más despejada (mis entradas empiezan a vislumbrar la salida).

3. Escribir muchas tonterías sin sentir por ello una vergüenza desmesurada.

4. Mi sonrisa, siempre la misma, mostrando ligeramente las paletillas.

5. Mis orejas sexys.

6. Mi capacidad de reírme de los demás. ¡Digo! De mí mismo.

7. Mi torpeza en el baile, que despierta la compasión natural en las féminas.

8. Mi atractivo físico, que me hace irresistible- (-mente rechazable).

9. El sonido estridente de mi voz.

10. Mis largas pestañas (¿no os habíais fijado?)

11. Soy un rebelde sin causa (aunque no lo parezca así a simple vista y profundo conocimiento) y esto las atrae de alguna forma.

12. Mi confusa identidad con los babuinos.

La suerte está echada, me abandono a vuestro criterio. Pondré en práctica las sugerencias y os diré cual dio resultado.

Un saludo a los chicos y un globo de agua lanzado con cierta maestría a las chicas.

20 mayo 2009

Va de misses

Mis España



Misss...Madrid




Misssss...oginia

12 mayo 2009

Juntaparejas

Hola a todos, perdonad mi ausencia -o no la perdonéis-. Perdí la conexión pirata que tenía en el piso y ahora estoy intentando conectar desde la Universidad, pero como no soy universitario me hacen el boicot con claves y cosas así que trato de eludir, pero que aún no he conseguido porque tampoco soy ningún hacker -o comoquiera que se escriba-. Esto que quede entre nosotros.

Por otro lado... Siempre me ha llamado la atención el comportamiento de aquéllos que, en un acontecimiento social como es una boda, suelen sentar a todos los solteros en la misma mesa. Es como si estuvieran deseando que todos ellos acaben compartiendo su misma suerte. Parece que piensan: “si me va bien, lo mismo quiero para vosotros; si es un desastre, ¡no me hundiré sólo!”

También, y en clara consonancia con lo primero, se halla la actitud del que necesariamente ha de ir acompañado a una boda, aunque no tenga pareja, y le suplica a algún amigo o amiga que le sirva de acompañante. Para luego, eso sí, desmelenarse en la pista de baile olvidando que ha traído pareja. Aunque si nos fijamos bien seguro que vemos al acompañante en un rincón bien agarrado a su vaso de whisky o apurando los últimos aperitivos, como pensando: “ya que he venido que de mi sacrificio saque algo”. ¡Y vaya si lo saca! Por lo menos una talla más de cinturón.

En tercer lugar están los juntaparejas, o más conocidos como casamenteros –aunque el masculino plural es pura concesión al lenguaje, ya que en estos casos casi siempre son mujeres las que ejercen este antiguo oficio-. Debe existir algún misterio oculto en su psicología que les haga pensar que, por separado, dos personas no llegan a ninguna parte, y que es mejor juntarlas. Aunque sea con Carolina, la pobre sobrinita gorda que no encuentra pareja ni en la China, siendo como es una bellísima persona –y esto sólo se ve de lejos, porque si te acercas mucho desborda su inmensidad tu campo de visión-. Yo creo que juntos es probable que tampoco lleguen muy lejos, excepto con Carolina, ya que el novio en cuestión –y es “en cuestión” porque en estos casos uno siempre se cuestiona qué diantres buscará el novio en esa relación- se alejaría convenientemente para poder apreciar toda la hermosura de Carolina, y es hasta posible que, si es miope, se quite las gafas en un claro afán de encontrarla atractiva de alguna manera, o si ello es posible, de no encontrarla en absoluto. Aunque las chicas como Carolina son, en sí mismas, un rotundo absoluto, y es difícil no dar con ellas.

De ahí que piense que mejor sólo que mal acompañado, y que si uno no encuentra la pareja apropiada, es porque ésta seguramente se encuentra con el hombre o la mujer equivocados y entonces mejor no buscar, no vayan a cometer los dos el mismo error. Sólo concedería a los juntaparejas una opción: que las dos mitades de la naranja, separadas por el cruel destino –o una mala política social-, sean miopes. En estos casos sí es conveniente una ayuda externa –o un cambio de gobierno-.

Aún así yo desconfiaría mucho de las mesas de solteros en las bodas. Demuestran un mal gusto por parte de los anfitriones tremendo. Es como poner un cartel que dice: “aquí cenan los fracasados”; y eso no se le hace a un invitado del que además esperas que pague al menos el cubierto. Y esto sólo si el invitado no es una persona culta y educada, pues una persona así, cuando lee en una tarjetita que ha sido invitado, a lo sumo hace el amago de rechazar la invitación, pero nunca tendrá el mal gusto de pagar la cena. Una invitación es una invitación y no hay que hacerle un feo al anfitrión, porque pagar es como rechazarla. Eso sí, si luego uno siente escrúpulos o es un remilgado puede invitar a su vez al anfitrión a una bolsa de pipas –recordemos que un soltero empedernido no puede contar con devolver la invitación a una boda con otra igual-.

Y si personalizamos aún más la cuestión, creo que el peor sitio donde buscar a una novia es en las bodas. Lo primero porque las novias no se buscan, no se sabe bien cómo, son ellas las que te hallan. Y si uno se despista se encuentra sin saber cómo en el altar diciendo “sí, quiero”, u otras mentiras parecidas. Y luego, desde que se han puesto de moda los tocados en las féminas, ¡qué queréis que os cuente! Me faltan las palabras en este caso, pero me sobran, como casi siempre, los versos:

Buscar novia en una boda
Es una empresa arriesgada:
Si la chica va a la moda
Andará un poco tocada

Soy un claro defensor del pelo suelto en las mujeres. A lo más admito un sombrerito –y sólo para el caso de que la criatura en cuestión tenga algo obsceno que tapar-. Y todo esto porque preveo un año repleto de bodas y tengo que empezar a justificar la ausencia de una acompañante... Besos, saludos y abrazos




08 mayo 2009

¡Hola, ola! ¡Hala!

Hola a todos: como me veo muy apurado y no me gusta tener en el blog siempre lo mismo escrito, aquí os pego un poemilla gracioso de Enrique Garcia Álvarez que he leído en dos artículos de Alfonso Ussía. A falta de pan, buenas son olas.


«Ola que sube,
ola que baja
ola terrible,
ola fatal
ola que besa,
ola que arrasa
ola que ahoga,
ola brutal.
¡Hola! ¿Qué pasa?
¡Hola! ¿Qué tal?»