29 agosto 2009

Semblanza de Lincoln

Breve semblanza de Lincoln escrita por Federico García Fernández para Ideal digital.




"TODOS los nombres se han grabado en el mármol de la Historia, pero sólo unos pocos sobreviven al olvido, la indiferencia o el desprecio. Sólo unos pocos, se siguen invocando con merecido orgullo y honra al cabo de los años, unos elegidos que siguen alimentando la voluntad y el espíritu de la gente con la herencia imperecedera de sus hechos y palabras.

Al cumplirse el segundo centenario de su nacimiento, quiero rendir tributo a la memoria de Abraham Lincoln, el inmortal presidente americano, tan invocado en los últimos tiempos, el 'honrado Abe', que se entregó a una sola ambición: luchar por el bienestar de su pueblo, manteniéndose fiel a los valores inquebrantables de la justicia y amor a la libertad. Desde los días anónimos de su infancia hasta los más solemnes de su presidencia, mantuvo inalterables estos elevados principios.

Lincoln es un ejemplo radiante de hombre hecho a sí mismo, el modelo más acabado de una América incipiente y libre donde toda voluntad bien dispuesta hallaba oportunidades de triunfo. Él, hijo de una muy modesta familia, nacido en una mísera cabaña de madera, en medio de un bosque de Kentucky, alcanzaría, con el tiempo, el más elevado cargo de la nación.

Al crecer en un ambiente hostil al estudio y el cultivo de la inteligencia, visitó la escuela el tiempo justo para aprender las reglas más elementales de la escritura y la aritmética. Toda su formación la obtuvo leyendo en medio de la rudeza de los bosques y de los ríos, rodeado de toscos labriegos y leñadores, en un territorio agreste donde aún se luchaba por establecer nuevas fronteras. Deseoso de ampliar sus horizontes, el joven Lincoln le robaba horas a los días y a las noches, llegando a aprender leyes y convertirse en jurista.

Durante la práctica de la abogacía, su honradez se hizo providencial. En los tribunales lo consideraban un tipo raro y único. Eso sí, insobornable ante la verdad. No tenía escribiente, ni biblioteca, ni registro, ni libros de caja. Las notas que tomaba podían aparecer en cualquier parte. Su sombrero, en el que Lincoln guardaba cartas y cheques, no tardaría en hacerse célebre.

Ejerció las funciones de abogado defensor en el tribunal ambulante que administraba justicia por las aldeas del estado de Illinois. Por ellas paseó su quijotesca y huesuda figura, y por ellas aventaría su raída levita y su noble corazón, haciéndose popular por su rectitud y la inimitable gracia con que contaba numerosas anécdotas a quien quisiera escucharlas.

Sin embargo, el resto de sus compatriotas no llegaría a conocerlo hasta la celebración de sus duelos oratorios con Stephen A. Douglas, candidato demócrata y político eminente. Con él debatiría públicamente el espinoso asunto de la esclavitud que, por entonces, dividía a la nación en dos bandos irreconciliables. Lincoln sangraba, hasta lo más hondo de su ser, con el sufrimiento de sus hermanos de color, y nunca cedió en su anhelo por liberarlos de tan infame opresión. «No he visto nunca a un hombre que, por su propio gusto, quisiera ser esclavo. Pensad, pues, si puede ser cosa buena lo que nadie quiere para sí». Esta frase improvisada, la consideró él su mejor y más corto discurso.

Si bien en esta contienda sería Douglas el que alcanzara, al fin, el puesto de senador, las palabras y acciones de Lincoln quedarían impresas a cincel en la memoria del pueblo de Norteamérica.

Aunque el problema de la esclavitud desgarraba su conciencia, lo que más temía Lincoln era la ruptura de la Unión, la segregación de los estados sudistas que amenazaban con separarse del Norte si un republicano antiesclavista era elegido presidente. Así, cuando Lincoln alcanza ese puesto, nueve estados del Sur se agrupan en los 'Estados Confederados', apoyados en una Constitución que mantenía la esclavitud. Aunque Lincoln se mostró conciliador con los rebeldes, el ansia separatista de éstos, unido al odio enconado por todas las afrentas que creían recibir del Norte a la tradición de sus instituciones, precipitó el inicio de las hostilidades. Tres años de guerra civil, supusieron el trance más doloroso de la vida política de Lincoln. Sólo la íntima fe en sus designios, y su elevado sentido de la ley y de la justicia, lo ayudaron a enfrentar aquellos días de tragedia. Su fortaleza fue puesta en juego. Soportó derrotas y deslealtades en medio de una terrible soledad. Hizo sucesivos llamamientos al Sur para que aceptaran una emancipación gradual de los negros e impedir, así, que éstos fuesen liberados por el fuego de las armas. Rehusaron su ofrecimiento y no le quedó otra alternativa que preservar, guardar y defender la Constitución hasta donde se lo permitieran las fuerzas, tal y como había jurado al tomar posesión del cargo. Luchó con amargura, obligado a combatir en una guerra que otros habían iniciado. Antes de comenzar las hostilidades, ya había declarado sus temores en el conocido discurso de 'La Casa Dividida', al afirmar sobre la nación que, «una cosa que se divide contra sí misma, no puede sostenerse. Espero que nuestra casa no se venga abajo, pero temo que se divida. Un estado en el que coexisten la libertad y la esclavitud, no puede perdurar».

Reconocido como uno de los más inspirados y eminentes oradores, nos ha legado abundantes y bellos testimonios de su elocuencia. Uno de sus discursos más citados, lo pronunció en el Cementerio Nacional de los Soldados de Gettysburg, Pensilvania, durante la Guerra Civil. Apenas duró dos o tres minutos, y, en sus breves frases, condensa sus ideas sobre la libertad y los principios de igualdad de los hombres, concluyendo con una de sus citas más recordadas: «Y que el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, no desaparecerá de la Tierra».

Mediado el conflicto bélico, el 1 de enero de 1863, publicó la 'Proclama de Emancipación', convencido de iluminar, con ella, una página del libro de la Humanidad: la que desataba las cadenas de todos los negros que, inocentemente, habían sido ultrajados y oprimidos.

En los dolorosos años de la guerra, demostró ser "el padre Abraham" y, como tal, acudían a él largas comitivas de peticionarios, en su mayoría familiares de soldados condenados por faltas militares. Cercano al sentir de sus semejantes, profundo conocedor de los hombres y obligado a disputar una guerra terrible, anhelaba relegar en lo posible los sufrimientos que ésta causaba. Por ello, no vacilaba en conceder indultos a numerosos efectivos del ejército, acusados de deserción o cobardía. «No sabéis lo terrible que es ver morir a un hombre sabiendo que, con un trazo de nuestra firma, podemos salvarlo» confesaría. «Si Dios ha dado a un hombre unas piernas cobardes, ¿qué puede hacer el infeliz cuando ellas echan a correr y lo llevan consigo?» los disculpaba. Defendía, principalmente, a la gente joven, y lo fundamentaba así: «Creo que los jóvenes nos son más útiles sobre la tierra que debajo de ella».

A una mujer que había perdido sus cinco hijos en el campo de batalla, le escribió sin demora: «Ya sé lo débiles e ineficaces que serán cuantas palabras busque para tratar de consolarla en su inmenso dolor. Pero creo mi deber manifestar a usted el profundo agradecimiento de la República en cuya defensa murieron. Ruego a nuestro Padre celestial que se digne mitigar la angustia de su soledad y dejarle sólo la dulzura del recuerdo de los seres tan amados que ha perdido, al par que el legítimo orgullo que debe usted sentir por el costoso sacrificio que ha ofrecido en aras de la libertad. Suyo muy devoto y respetuosamente, A. Lincoln».

Al término de la guerra, abogó por la reconciliación del Norte y del Sur, sin que este deseo de armonía y unión bastaran para alejar de él a sus enemigos. La noche del 14 de abril de 1865, recién acabada la guerra, y apenas un mes después de ser reelegido por abrumadora mayoría para un segundo mandato, Lincoln había acudido al teatro junto a su esposa. Al tomar asiento en su palco, un actor con delirios sudistas, se aproximó por la espalda del presidente y le disparó un tiro a la cabeza. Herido de muerte, lo trasladaron a una casa enfrente del teatro. Nueve horas después, fallecía en aquel lecho extraño, como un caminante sin hogar, en la noche de Viernes Santo, dejando un aura sagrado en su rostro de Cristo yaciente. Pero, por encima de los hechos señalados en su cronología, lo que ha inmortalizado a Lincoln entre los grandes prohombres de la historia, ha sido el ejemplo perdurable de una vida en cuyas palabras y acciones latía un recto corazón y el soplo permanente de un elevado espíritu."



An American Trilogy - Elvis - con estrofas de la canción Dixie

Oh I wish I was in the land of cotton
Old times they are not forgotten
Look away, look away, look away dixieland
Oh I wish I was in dixie, away, away
In dixieland I take my stand to live and die in dixie
Cause dixieland, thats where I was born
Early lord one frosty morning
Look away, look away, look away dixieland

Glory, glory hallelujah
Glory, glory hallelujah
Glory, glory hallelujah
His truth is marching on

So hush little baby
Dont you cry
You know your daddys bound to die
But all my trials, lord will soon be over



Todas las fotografías de Lincoln en un vídeo

2 comentarios:

GKCh dijo...

Hola, Ric:

Tenías razón (como casi siempre) en lo de mi blog. Por una torpeza, yo había puesto una opción por la cual sólo las personas con una cuenta en wordPress podían comentarme. Acabo de ver tu comentario y ya está aprobado. Una vez que se aprueba el primero, ya puedes entrar cunado te apetezca y verlo tú en tiempo real.

Gran entrada, amigo. Lincoln es uno de mis héroes, por así decirlo. Tal vez el mejor presidente que han tenido en los USA. El otro día, que me envíaste tan amablemente el artículo de César Vidal, tal vez no me expresé bien. Te ruego me disculpes, por si pude molestarte (suelo meter la pata)

En fin, hablando de César Vidal, he recordado que en la última entrada de su blog (su último editorial como director de la Linterna en Cope) hablaba precisamente de Lincoln, de su discurso del 4 de marzo de 1864. Con tu permiso, copio estas letras, que son de oro: "“Con malicia hacia nadie, con caridad hacia todos, con firmeza en lo justo, según Dios nos conceda ver lo justo, prosigamos hasta concluir la labor en la que nos hallamos; para vendar las heridas de la nación; para cuidar de aquel que haya sufrido, y también a su viuda y a su huérfano, para hacer todo lo que pueda concluir y consumar una paz justa y perdurable entre nosotros mismos y con todas las naciones”.

Qué orador, eh. Sensacional. Ya quisiéramos tener a alguien así en España, ¿no crees?

Un fuerte abrazo, Ric

PS-1: Nueva coincidencia: A los dos nos gusta Elvis.

PS-2: Nuestro Madrid ha ganado, pasando apuros, como antaño. ¿Qué ha hecho tu Betis? Espero que ganara, a pesar de enfrentarse a los pobrecillos del Córdoba...

Saludos

Rictus Morte dijo...

Pues sí, Gilbert, un hombre genial. Por eso duró tan poco en la tierra. Me hubiera gustado mucho que en el texto que he pegado se hiciera también referencias a su vida familiar -muy tortuosa, con la muerte de un hijo y una esposa difícil-, y a su relación con Dios, que era tremenda. La biografía que hizo César Vidal de Lincoln hace mucho incapié en esta relación, que se refleja claramente a lo largo de la vida de "Abe".

Por lo otro creo que no ha habido ningún malentendido, no te preocupes. No creo que, tan amablemente como te expresas siempre, nadie se pueda molestar contigo :)

El Madrid ganó -menos mal-, y el Betis también ganó. Si hoy perdieran Barsa y Sevilla sería un magnífico comienzo de liga. Un abrazo