08 septiembre 2009

Es que...

¿Sabéis que ahora hago galletas? Y tienen mucho éxito. Galletas saladas y dulces. De hecho se puede decir que me alimento de galletas ya que llevo dos semanas sin butano. Es que no coincidimos. Recuerdo que una vez un butanero me echó la bronca porque vino tres veces a casa y yo no estaba. No conozco a nadie a quien le haya echado una bronca un repartidor de butano. Y voy camino de otra bronca.

Llamo al butano y al día siguiente me quedo en casa esperando. Ellos no vienen. Luego vienen cuando estoy en la biblio –que es como mi lugar de trabajo- y me dejan una nota diciéndome que ellos estaban y yo no. A los dos días lo mismo: otra notita. Juegan con ventaja, claro, yo no puedo dejarles esa nota. Ya sé que me han aconsejado que deje la bombona fuera con el dinero. Pero no me arriesgo. Perder 15 euros, o lo que sea que cueste la bombona, me dejaría en números rojos el resto del mes. Y lo que es peor, que me roben directamente la bombona. ¡Ya sí que no podría conseguir otra vez butano! Y dejársela a los vecinos... Mejor que no. Si alguna vez me veis mirando el escaparate de la tienda de la óptica de al lado de mi casa será porque acabo de ver a un vecino entrar en el portal y le estoy dando tiempo para que suba. Algún día os contaré historias de vecinos...

Pues eso, que ya han venido dos veces sin éxito pero no pasará una tercera. Voy a salir con la bombona de butano vacía al balcón y voy a amenazar con volar el edificio como no me traigan otra bombona de butano. Claro que sólo yo sabré que está vacía. Aunque a mi edificio no le hacen falta muchas amenazas, con solo decirle que puede haber un terremoto empieza a temblar. Una vez hicieron unos aparcamientos subterráneos en la calle de al lado y el edificio de enfrente se inclinó diez centímetros en dirección al mío. Le entró tanto miedo a mi casa que salió corriendo. Ese día amanecimos en medio del descampado de la Feria. En un primer momento pensamos que nos habían robado la calle, pero cuando nos dimos cuenta de lo sucedido tuvimos que convencer a la casa para que volviera a su sitio. Fue difícil. Tiene la cabeza más dura que la piedra. Si los cimientos fueran igual de duros no tendríamos este problema.

Y eso sin contar con la de obras subterráneas que se hacen en Sevilla. Ahora el metro nos tiene a todos “acongojaditos”. Se retrasó la apertura porque a un quiosco de prensa en la Puerta de Jerez se lo comió la tierra. El quiosquero se libro gracias a su conocimiento de las artes urbanísticas de nuestro alcalde. En cuanto oyó un crujido salió por patas. Igual que nuestra casa. Lo cierto es que espero que no abran ninguna línea de metro en las cercanías. En cuanto se entere mi edificio seguro que se planta en el Aljarafe, lejos del río y de los suelos blandos y ahuecados.

Pero lo peor que puede sucederme, y con la suerte que tengo seguro que pasa –aunque algunos no creáis en la suerte sino que tenemos lo que merecemos- es que un día de estos se venga abajo y me pille dentro esperando al butano.

Es que...

1 comentario:

Militos dijo...

Me ha encantado este día a día tuyo. Si fueras mujer seguro que se te daba mejor el butanero.
¿No me digas que te llevas mal con los vecinos?

Para tu consuelo te he dejado un premio en De Dentro. No te lo llevo a tu casa por si te ocurre lo mismo que con el butano.
Un beso Rictus