15 octubre 2009

Temiendo que el cielo se desplome

Ya sé que he dicho que no iba a trastear por aquí. Evidentemente mentía. Quería decir más bien que no iba a trastear mucho por otros blogs. Tengo a mis huéspedes totalmente abandonados y hace tiempo que, por ejemplo, no me recreo con las estrofas de Sans Foy. Pero no podía dejar de contaros lo que he hablado esta tarde con una amiga, camino de la biblioteca.

Me iba contando que en el salón de belleza la chica que le atendió le dijo que también daban rayos uva. Y en la conversación le comentó que sí, que las chicas lo usaban más que los hombres, sobre todo para preparar el preciado moreno -el oro negro casi- en las fechas señaladas. Pero que son los hombres los que van de manera constante. Por ejemplo el otro día, que fueron cinco personas y cuatro de ellas eran hombres.

-¿Y eran... gays?- preguntó mi amiga.
-No, no, son hombres normales- le respondió la "esteticien" sin darse cuenta que estaba llamando "no normales" a los gays. Y yo discrepo, yo creo que no son muy normales los hombres que se dan rayos uva durante todo el año para mantener el bronceado. Son vanidosos por lo menos.

Mientras me lo contaba, tan sorprendida ella como yo, por el puente de San Telmo, iba yo mirando asustado el cielo, y me preguntó:
-¿Por qué miras al cielo?
No quise decirle que era porque esperaba ver la culminación del Apocalipsis. Que temía que el cielo se desplomase de repente sobre nuestras cabezas, único miedo de los irreductibles galos de esa pequeña aldea de Bretaña donde viven Astérix y Obélix.



Así que le dije:
-¡Por Tutatis! Busco la cordura y la sensatez, pero creo que por allá van, junto con el sentido común y la responsabilidad, volando hacia el sol. Después de su breve paso por la Tierra parece que han decidido suicidarse.

14 octubre 2009

Las traviesas golondrinas

Últimamente no le hago mucho caso al blog, la razón es porque



Ya volveré a triscar por estos campos, como volvieron las oscuras golondrinas de Bécquer. Oscuras de verdad ¡Mal rayo las parta! Que anidan todas las primaveras en el tambor de la persiana y a las seis de la mañana ya están graznando.