25 noviembre 2010

El síndrome del buen samaritano

Hola a todos y, con cierta sospecha, también a todas.

Martes por la noche. Enfilo con paso firme y tembloroso la calle Conde de Gondomar de Córdoba, la que yo llamo la Tetuán de Sevilla, hoy más que nunca. A los pocos metros me detiene una simpática y no poco atractiva muchacha de Acnur pidiendo mi colaboración. No tengo tiempo de pararme. Tengo un objetivo urgente y claro: comprar verduritas para hacer un caldito. Con una sonrisa y un seco y sincero: "no, lo siento", sigo mi camino. Y lo siento de verdad, pocas veces una chica guapa se acerca voluntariamente a hablar conmigo -casi siempre lo hacen con amenazas previas-.

A los diez metros, si no menos, me para una segunda chica de Acnur. No sé si será por la estrategia que utilizan o mi desenfreno de testosterona, pero ésta me parece aún más guapa que la primera. Yo quisiera saber por qué en tan breve espacio me paran dos chicas para lo mismo. Quizá sepan que tengo el corazón más tierno que el de una papaya pocha, pero cualquiera que me conozca no ignora que mis principios son sólidos como las rocas de las montañas y firmes como la bandera esp... estadounidense -que la española últimamente aletea más que un palomo en celo-. Aunque también sabe que son igualmente breves y en seguida se vienen abajo, así que me apresuro, en un extraño golpe de decisión, a mentirle a la muchacha: "me acaba de parar tu compañera", y sonrío y sigo hacia adelante con mi claro objetivo fijo en la mente: comprar verduritas.

A los tres metros diviso por el rabillo del ojo a un mozo alto y bien parecido que vende también Acnur, pero no muestra interés en mí. Estrategia. Si yo me hiciera voluntario de Acnur me pondrían a trabajar, eso sí, involuntariamente, en algún archivo escondido.

Cinco metros más y una nueva criaturita, un nuevo ángel de Acnur me para. Pero ¡qué digo un ángel! ¡¡¡Una sirena cuántica!!!

Cualquiera que me haya tratado sabe que no me arrastro por cualquier cosa, quizá por dinero, y que pocas mujeres han conseguido que haga el imbécil por ellas, al menos de manera prolongada. Pero una criatura así arrancaría de mí las promesas más sublimes y los actos más perversos. Por ella sería capaz de una locura, la más atroz de las locuras si se quiere. El objetivo de comprar verduritas, que permanecía fijo y claro en mi mente, empieza a nublarse. Las piernas parece que me tiemblan. Empiezan mis balbuceos habituales de cuando estoy delante de una mujer hermosa. Pero algo dentro de mí hierve y se agita, una indignación poderosa burbujea como la baba de un tonto y se abre paso a través de mi boca, y le digo, más sorprendido yo que ella, a la sirena cuántica:
"Acaban de pararme dos compañeras tuyas pocos metros atrás. ¡Ojalá mostráseis este mismo interés cuando salgo por las noches!"

Sigo adelante. Someto a mis piernas a que caminen y no se den la vuelta dándome pellizcos con las manos metidas en los bolsillos. Procuro mostrar la firmeza de antes pero me parece que me tambaleo y todo da vueltas. Ya no recuerdo qué iba a comprar. Como resultado, he olvidado las verduritas pero vengo cargado con cinco bolsas del mercadona y un gasto excesivo. Creo que la estrategia de Acnur ha ayudado hoy al consumismo...

Besos, saludos y abrazos.