16 junio 2011

Divertimento

Monsieur Sans-Foy propuso un nuevo juego literario en su blog, un romance con una serie de rimas obligatorias, y ésta ha sido mi contribución:


Me encontraba en el corral
donde duerme la gallina,
donde pone huevos fritos
que comemos con torrijas,
pero cuando la jodía
se halla un tanto indecisa
nos pone melocotones
enlatados en almíbar.
Me encontraba en el corral
donde duerme la borrica,
donde las ratas se esconden
se escondía la Felisa,
cual gallina retozona
me miraba y se reía,
y mientras yo la miraba
se quitaba la camisa
Un botón desabrochaba,
el asunto prometía,
otro más, yo suspiraba
más ella no iba deprisa
y el ver el ansia en mi rostro
creo que la divertía,
Y la gallina croaba
y la borrica aplaudía.

La cogí en un arrebato,
en un frenesí que me iba,
le planté un beso en los morros
y subí su falda arriba
-que subirla para abajo
probaba y no conseguía-,
y palpé y noté extrañado
algo que yo no solía
palpar debajo las faldas,
salvo de la de Isaías
el primo cabaretera
cuando se me travestía.
Y exclamé yo consternado:
“¡Jolín, jobar, y jolina!
Felisa date la vuelta
no vaya a ser que se diga...”


03 junio 2011

Yo mismo

En su profunda labor de investigación que le ha llevado desde los
comienzos de la humanidad, donde el golpe en la cabeza y el posterior
secuestro en una cueva fueron lo usual, hasta nuestros días, el profesor
Morwomen Needy (Matías Suplico en castellano corriente) ha investigado
hasta la ociosidad el inescrutable hecho de la conquista.

“¿Cómo conquistar el corazón de una mujer?” fue la difícil pregunta que trasladó a un conjunto de profesionales para que aportaran las diferentes visiones y las extrañas coincidencias que sobre tal hecho se podrían derivar entre uno que trabaja como abogado y otro como albañil. Posteriormente dichas argumentaciones las plasmó en un capítulo titulado “Jericó conquistada a pitos y trompetazos” en su libro “El hecho de la conquista: cristianos, judíos y musulmanes siguen buscando la Verdad”.

El primero en ofrecer respuesta a tan jugosa pregunta fue un cocinero del castizo y madrileño barrio de Lavapiés: “Para ablandar el corazón de una fémina lo primero de todo es ponerlo la noche antes en remojo con un puñado de sal y, esto es un truquito mío, dos cucharadas de azúcar para endulzarlo. Que si no luego, por mucho que se guise, queda muy amargo.

Finalmente hago un sofrito con ajito, cebolla y pimientos rojos, verdes y amarillos –las mujeres agradecen los colores, créame- y lo pongo a cocer dos horas con medio litro de fino o manzanilla. Hay quien prefiere lambrusco, pero con ese vino son necesarios un par de vasos más. Aún así, y por muy blandito y dulce que haya quedado, casi siempre encuentras algún nervio molesto al partirlo.”

A continuación la respuesta del aviador –más conocido como piloto de Iberia para el común de los mortales-: “Para elevar el corazón de una mujer más allá de las nubes, donde la gravedad empieza a desaparecer y el avión a vibrar, además de tener un sueldo decentito y un vehículo bastante chulo como el mío, con alas y todo, el verdadero truco está en el engaño. Es necesario engañar a una mujer para que se suba al avión y poder elevarlo, ejem, todo. Pero con más frecuencia de lo que pueda parecer somos nosotros los engañados, porque ellas suben y, si al final no les ha gustado el vuelo, te acusan de haberlas llevado allí con mentiras y embustes. Y tú sabes que mienten; y ellas saben que tú sabes que mienten, pero juegan con ventaja: no se lo puedes decir mirándolas a la cara...”

Un zapatero de los de verdad, de los que se escriben con la zeta minúscula, remendón remendón, respondió a tan escabrosa pregunta: “El truco, señor, está en los pies. Tienes que conseguir que no los tengan fríos pero que no suden, con su poquito tacón pero que estén cómodas, y si lo consigues, ¡harto difícil!, ya puedes zurcir con ellas lo que sea”.

Por último, y para no prolongar demasiado lo que es un esqueje de un bosquejo de un capítulo de un librejo, la respuesta de uno de esos famosos que parece que las enamora con sólo existir: “Si respondiera a su pregunta, querido amigo, todos seríamos famosos y ninguno lo sería entonces. Digamos, por no dejarle sin una respuesta, que para conquistar el corazón de una hermosa mujer tienes que ser yo mismo”.