03 junio 2011

Yo mismo

En su profunda labor de investigación que le ha llevado desde los
comienzos de la humanidad, donde el golpe en la cabeza y el posterior
secuestro en una cueva fueron lo usual, hasta nuestros días, el profesor
Morwomen Needy (Matías Suplico en castellano corriente) ha investigado
hasta la ociosidad el inescrutable hecho de la conquista.

“¿Cómo conquistar el corazón de una mujer?” fue la difícil pregunta que trasladó a un conjunto de profesionales para que aportaran las diferentes visiones y las extrañas coincidencias que sobre tal hecho se podrían derivar entre uno que trabaja como abogado y otro como albañil. Posteriormente dichas argumentaciones las plasmó en un capítulo titulado “Jericó conquistada a pitos y trompetazos” en su libro “El hecho de la conquista: cristianos, judíos y musulmanes siguen buscando la Verdad”.

El primero en ofrecer respuesta a tan jugosa pregunta fue un cocinero del castizo y madrileño barrio de Lavapiés: “Para ablandar el corazón de una fémina lo primero de todo es ponerlo la noche antes en remojo con un puñado de sal y, esto es un truquito mío, dos cucharadas de azúcar para endulzarlo. Que si no luego, por mucho que se guise, queda muy amargo.

Finalmente hago un sofrito con ajito, cebolla y pimientos rojos, verdes y amarillos –las mujeres agradecen los colores, créame- y lo pongo a cocer dos horas con medio litro de fino o manzanilla. Hay quien prefiere lambrusco, pero con ese vino son necesarios un par de vasos más. Aún así, y por muy blandito y dulce que haya quedado, casi siempre encuentras algún nervio molesto al partirlo.”

A continuación la respuesta del aviador –más conocido como piloto de Iberia para el común de los mortales-: “Para elevar el corazón de una mujer más allá de las nubes, donde la gravedad empieza a desaparecer y el avión a vibrar, además de tener un sueldo decentito y un vehículo bastante chulo como el mío, con alas y todo, el verdadero truco está en el engaño. Es necesario engañar a una mujer para que se suba al avión y poder elevarlo, ejem, todo. Pero con más frecuencia de lo que pueda parecer somos nosotros los engañados, porque ellas suben y, si al final no les ha gustado el vuelo, te acusan de haberlas llevado allí con mentiras y embustes. Y tú sabes que mienten; y ellas saben que tú sabes que mienten, pero juegan con ventaja: no se lo puedes decir mirándolas a la cara...”

Un zapatero de los de verdad, de los que se escriben con la zeta minúscula, remendón remendón, respondió a tan escabrosa pregunta: “El truco, señor, está en los pies. Tienes que conseguir que no los tengan fríos pero que no suden, con su poquito tacón pero que estén cómodas, y si lo consigues, ¡harto difícil!, ya puedes zurcir con ellas lo que sea”.

Por último, y para no prolongar demasiado lo que es un esqueje de un bosquejo de un capítulo de un librejo, la respuesta de uno de esos famosos que parece que las enamora con sólo existir: “Si respondiera a su pregunta, querido amigo, todos seríamos famosos y ninguno lo sería entonces. Digamos, por no dejarle sin una respuesta, que para conquistar el corazón de una hermosa mujer tienes que ser yo mismo”.

2 comentarios:

FRAN dijo...

O ser tú mismo como el mismo famoso deja entrever. No sé si será lo mismo y lo mismo hay mil formas de enamorar mismamente a una mujer y ensimismarla con nuestra misma mismidad... Lo mismo me equivoco. Poca experiencia tengo en eso porque a mí me enamoró ella misma, la misma que fue mi novia y luego mi esposa misma y, si tal vez enamoré a alguna otra, fue sin quererlo yo mismo.

Un fuerte abrazo, RIC, como los de siempre, pero sin ser el mismo. Genial como siempre, aunque te diga lo mismo, lo dio sin peloteo alguno...

Rictus Morte dijo...

Ser yo mismo no funciona, ya te lo digo. Ser yo mismo famoso, nunca lo he intentado... Pero me estoy ensimismando.
Muchas gracias Fran, nosotros siempre seremos los mismos. Un abrazo