27 julio 2011

Traumas incontables

Hola a todos, barracudas, besugos y merluzas congelados,

que como es verano, hay que comer pescadito fresco. Lo primero de todo es lo último, despedirme de vosotros. Me voy. Sé que me echaréis de menos -de menos mal que te has ido ya-, pero es irremediable. Me llama a retorno la tierra donde pasté y pací en mi tierna infancia. Sí, las verdes praderas y los frondosos bosques de la meseta cacereña, donde caza el león y la jirafa se amanceba con el elefante. Donde trisca el murgaño y ladran las alpargatas de los pastores.

Aunque todo esto ya lo sabréis por los documentales de la 2. Todavía recuerdo cuando iban a mi tierra a filmarnos. Yo era tímido, pero algún que otro cámara atrevido quiso sacarme en sus películas alimentándome de hormigas y holgando con alguna hembra oriunda de Badajoz. Ni que decir tiene que no me dejé. Ni ella se dejó tampoco -pero bien que se comía las hormigas que premioso le llevaba-. Son muy discretas y esquivas las pacenses. Que se lo digan a los de Nueva Zelanda. Todavía no se ha dado el caso de un cruce entre neozelandés y bellotera.

Lo segundo que tengo que deciros es desmentir el título del email. Más que desmentir, aclarar. Más incluso que aclarar, estenotipar. Y quien no sepa qué es estenotipar, que lo busque en el diccionario y verá como el diccionario tampoco lo sabe. Y es que, cuando hablo de traumas incontables, no me refiero a traumas innumerables, que podrían serlo si no supiéramos contar, sino a traumas que no se deberían contar. A oscuros secretos y escabrosas historias. A tórridos devaneos y desaciertos vergonzosos. Y es que iba yo con una chica...

...con el único propósito de acompañarla a casa. Fue en mi tierna juventud, hará ya dos años de esto -y sólo sé contar hasta dos. Y la chica me acusó de machista por querer acompañarla a casa. Yo me quedé perplejo, tampoco es que tuviera un interés personal en el asunto. ¿Es que acaso ya no se llevaban los desinteresados caballeros? ¿Entonces para qué puñetas me habían obligado a leer el Quijote? Ni que decir tiene que mis esquemas mentales quedaron desencajados. El desagradable incidente hizo que inconscientemente tomara decisiones equivocadas. No volvería a montar a caballo. Nada de llevar sombrero, sobre todo si es una palangana. Se acabó el pensar que una Aldonza Lorenzo cualquiera podría convertirse en Dulcinea. Desde entonces sólo me fijaría en modelos de Victoria Secret y Don Algodón.

Y por eso no acompaño a una chica a su casa si no media una propuesta de matrimonio por medio, o una insinuación de la hembra que me indique que le aterra volver sola. Algo así como que empiece a tragar saliva, a temblar y convulsionar o diga que va a coger un taxi para avanzar doscientos metros. Aunque no creáis, que si no la acompaño físicamente mi pensamiento va detrás de ellas como un poseso y cuesta hacerlo volver. Tengo que ponerme serio y decirle: "¡pensamiento! como no retornes conmigo, esta noche te pongo a leer la Crítica de la razón pura, de Immanuel Kant." No siempre funciona. Ya voy por la página 254.

La mujer se ha convertido en un enigma para mí, una incógnita diría, un signo de interrogación incluso. Con esas curvas inconclusas, siempre que veo un signo de interrogación pienso en una mujer. Y si veo los dos, ¿?, pienso incluso que son lesbianas, o un jorobado que ha ligado. ¡Cuánto juego nos dan los signos de puntuación a los solteros! Si no, vean, vean, sólo para mayores de 18:
-Lesbianas: ¿?
-Pareja: ¿¡
-Trío: ¿¡?
-Trío nada deseable: ¡?!
-Trío en el que me dan de lado: !¿?
-¿Pero dónde puñetas me he metido? ¿Y quién es el friki del fondo?: ¡ ¡!¡¡¡¡¡!¡!!!!!¡¡!!¿? *

Besos, saludos y abrazos, y sólo por hoy acompaño a las chicas con el pensamiento. Mañana será con la mirada y luego, ya veremos.